SECCION 23 >
PROBLEMAS DE SALUD EN LA INFANCIA
CAPITULO 276
Traumatismos
En los países industrializados, los
traumatismos son la causa de muerte más frecuente en los niños,
es decir, provocan más muertes que el cáncer, los defectos
congénitos, la neumonía, la meningitis y las enfermedades
cardíacas juntas. Incluso entre los bebés menores de un
año de edad, cada año se producen casi 1 000 muertes debido
a caídas, quemaduras, ahogos y sofocación. Las lesiones
también pueden causar invalidez; de hecho, por cada niño
que fallece a causa de alguna lesión, 1 000 sobreviven, pero
quedan discapacitados.
Las lesiones son frecuentemente producidas por la
curiosidad de los niños y en general se pueden evitar. Son más
frecuentes cuando un pequeño tiene hambre o está cansado
(antes de las comidas o de la siesta), si es muy activo, está
bajo el cuidado de otra persona o vive en un nuevo entorno, como una
casa nueva o una residencia de verano. Es más probable que se
produzca un accidente cuando los padres se encuentran ocupados o no
son conscientes de los nuevos riesgos que el niño va adquiriendo
a medida que crece.
Accidentes de tráfico
La lesión por los accidentes de tráfico
constituye la causa principal de muerte en todas la edades: a consecuencia
de ellos fallecen 4 de cada 100 000 niños menores de un año
de edad, 7 de cada 100 000 de 1 a 14 años, y 40 de cada 100 000
personas de entre 15 y 24 años. Un niño que no lleva cinturón
de seguridad o no está protegido correctamente en el asiento
de seguridad puede ser la única víctima a consecuencia
de un frenazo súbito que no llega a provocar lesiones a los demás
pasajeros del automóvil.
Para reducir la posibilidad y la gravedad de lesiones
en caso de choque, todos los ocupantes de un vehículo deberían
usar cinturón de seguridad o, en el caso de los niños
pequeños (que pesen menos de 18 kg), el automóvil debería
disponer de asientos de seguridad especiales, instalados adecuadamente.
Los niños deberían sentarse sólo en el asiento
de atrás para evitar una lesión provocada por los colchones
de aire (airbag). Estas precauciones reducen las muertes por accidente
entre un 40 y un 50 por ciento y las lesiones graves entre un 45 y un
55 por ciento. Muchos países cuentan con leyes que obligan al
cumplimiento de dichas medidas de seguridad. Un niño sentado
sobre un adulto, aun cuando éste tenga el cinturón de
seguridad abrochado, es sumamente vulnerable. En caso de choque, el
adulto no podrá sujetar al niño, que saldrá despedido
con gran fuerza hacia adelante, incluso a baja velocidad. Por ejemplo,
para sostener a un niño de 4,5 kilogramos durante un frenazo
repentino en un automóvil que vaya a 48 kilómetros por
hora se requeriría la fuerza necesaria para levantar 136 kilogramos
a 30 centímetros del suelo. Si el adulto no lleva puesto el cinturón
de seguridad, puede ser impulsado hacia adelante, pudiendo aplastar
al niño contra el interior del automóvil con una fuerza
superior a su peso.
El niño debe ser sujetado con correas en
una silla apropiada para su edad y peso. El asiento de seguridad infantil
debe colocarse en la parte trasera del automóvil y puede utilizarse
para niños de hasta 7 kilogramos de peso. Esta ubicación
es particularmente importante cuando el automóvil tiene colchones
de aire. Los asientos de seguridad para los niños que pesan entre
7,5 y 18 kilogramos deben mirar hacia adelante, estar equipados con
refuerzos para los hombros y el regazo, y proporcionar estabilidad a
la cabeza. Los asientos de seguridad deben ajustarse al automóvil
de acuerdo con las instrucciones del fabricante, puesto que, en caso
contrario, el riesgo de lesión del niño puede incrementarse.
Un niño mayor debe ser protegido con un cinturón de seguridad.
Existen varios modelos de asientos infantiles de
seguridad que han sido aprobados por las administraciones de tráfico
correspondientes.
Traumatismos craneales
En los niños, un alto porcentaje de muertes
por accidentes se debe a lesiones en la cabeza y sus complicaciones.
Las lesiones craneales graves pueden también dañar el
cerebro inmaduro, interfiriendo el desarrollo físico, intelectual
y emocional del niño y derivando en incapacidades a largo plazo.
Sin embargo, en general las lesiones son menores.
Este tipo de lesiones son más frecuentes
en niños menores de un año y en adolescentes mayores de
15. Afectan más a los varones que a las mujeres. Las principales
lesiones en la cabeza son provocadas habitualmente por accidentes automovilísticos
y de bicicleta. Las más leves se deben predominantemente a caídas
en el hogar y en sus alrededores. El niño que ha sufrido un traumatismo
craneal debe ser examinado cuidadosamente, puesto que cualquier lesión
en la cabeza es potencialmente grave.
Síntomas
Una lesión leve en la cabeza puede causar
vómitos, palidez, irritabilidad o somnolencia sin pérdida
de conocimiento o evidencia inmediata de daño cerebral. Si los
síntomas continúan durante más de 6 horas o empeoran,
el niño debe ser examinado de nuevo por el médico para
determinar si la lesión es grave.
Una conmoción es una pérdida transitoria
del conocimiento que se produce inmediatamente después de una
lesión en la cabeza. Debe evaluarse rápidamente, incluso
si la conmoción dura menos de un minuto. A menudo, el niño
no puede recordar el accidente o lo que ocurrió justo antes del
mismo, aunque no presenta otros síntomas de daño cerebral.
Las lesiones en la cabeza pueden producir magulladuras
o desgarros del tejido cerebral o de los vasos sanguíneos en
el interior del cerebro o en sus alrededores, causando hemorragia e
hinchazón interior. La lesión cerebral más frecuente
es la que se produce de forma difusa (diseminada) en todas las células
cerebrales. Una lesión difusa produce inflamación de las
células cerebrales, aumentando la presión dentro del cráneo.
En consecuencia, un niño puede perder fuerza, sentirse somnoliento
o incluso perder el conocimiento. Estos síntomas indican una
lesión cerebral grave, que probablemente ocasionará daño
permanente y la necesidad de rehabilitación. A medida que la
hinchazón empeora, la presión dentro del cráneo
aumenta de tal manera que incluso el tejido que está todavía
sano puede ser comprimido contra el cráneo, causando daño
permanente o la muerte. La hinchazón y sus efectos peligrosos
habitualmente se desarrollan durante las primeras 48 o 72 horas después
de la lesión.
Si el cráneo se fractura, la lesión
cerebral puede ser más grave. Sin embargo, habitualmente la lesión
cerebral se produce sin que haya fractura craneal, a menudo sin lesión
cerebral concomitante. Las fracturas en la parte posterior o en la base
(fondo) del cráneo generalmente son indicativas de un gran impacto,
ya que estas áreas óseas son de un grosor relativamente
grande. Estas fracturas a menudo no se pueden observar en radiografías
o con una tomografía computadorizada (TC). Sin embargo, los siguientes
síntomas sugieren este tipo de lesión:
- Salida de líquido cefalorraquídeo
(el líquido claro que rodea al cerebro) por la nariz o los oídos.
- Un hematoma detrás del tímpano o
una hemorragia en el oído si el tímpano se ha perforado.
- Un hematoma detrás de la oreja (signo de
Battle) o alrededor de los ojos (ojos de mapache).
- Una acumulación de sangre en los senos
(pequeñas cavidades aéreas situadas en el espesor de los
huesos del cráneo y la cara), sólo detectable mediante
radiografías.
En un niño, las membranas que rodean el cerebro
pueden sobresalir debido a una fractura del cráneo y ser atrapadas
por ésta, formando un saco lleno de líquido llamado fractura
progresiva. La bolsa se desarrolla a lo largo de tres o seis semanas
y puede ser la primera evidencia de que existe una fractura craneal.
En las fracturas de cráneo con hundimiento,
uno o más fragmentos de hueso ejercen presión hacia el
interior del cerebro. La consiguiente contusión cerebral puede
causar convulsiones.
Las convulsiones se producen aproximadamente en
el 5 por ciento de los niños mayores de 5 años y en el
10 por ciento de los menores de 5 años durante la primera semana
después de una lesión grave de la cabeza. Las que empiezan
poco después de la lesión, son menos susceptibles de causar
problemas a largo plazo que las que aparecen al cabo de 7 días
o más.

Una complicación de las lesiones de la cabeza,
grave pero relativamente infrecuente en niños, es la hemorragia
entre las capas de las membranas que rodean el cerebro o dentro de éste.
Un hematoma epidural (acumulación de sangre entre el cráneo
y la membrana que lo tapiza, llamada duramadre) puede ejercer presión
en el cerebro. Se produce como resultado del desgarro de las arterias
o venas que están dentro del cráneo. En un adulto, los
síntomas de un hematoma epidural pueden ser una pérdida
inicial del conocimiento, recuperación posterior del mismo (intervalo
lúcido) y finalmente un nuevo empeoramiento de los síntomas
de presión sobre el cerebro, como somnolencia y pérdida
de la sensibilidad o de la fuerza. Sin embargo, en un niño pequeño,
no se presenta el intervalo lúcido sino más bien una pérdida
gradual de conocimiento que se desarrolla en minutos u horas, debido
al incremento de la presión en el cerebro.
En un hematoma subdural, la sangre se acumula debajo
de la duramadre, junto a una lesión importante del tejido cerebral.
Rápidamente, se produce somnolencia progresiva hasta una pérdida
total del conocimiento, pérdida de la sensibilidad o de la fuerza
y aparición de movimientos anormales, incluidas las convulsiones.
Sin embargo, si la lesión es leve, los síntomas pueden
manifestarse más gradualmente.
La hemorragia puede producirse en los espacios interiores
(ventrículos) del cerebro (hemorragia intraventricular), en el
propio tejido cerebral (hemorragia intraparenquimatosa) o en las membranas
que recubren la superficie cerebral (hemorragia subaracnoidea). Estos
tipos de hemorragia constituyen una prueba de lesión cerebral
muy grave y se acompañan de daño cerebral a largo plazo.
Diagnóstico
Al examinar a un niño que ha sufrido una
lesión en la cabeza, el médico tiene en cuenta cómo
ha ocurrido la lesión y los síntomas resultantes, y realiza
además un examen físico completo. Se presta especial atención
al grado de consciencia, a la capacidad para sentir y moverse, a la
presencia de cualquier movimiento anormal, los reflejos, ojos y oídos,
así como el pulso, la presión arterial y el ritmo respiratorio.
Es importante determinar el tamaño de las pupilas y su reacción
a la luz. El interior de los ojos se examina con un oftalmoscopio para
saber si la presión dentro del cerebro es elevada. Los niños
que se han agitado (síndrome del bebé agitado, síndrome
de agitación por impacto) a menudo presentan áreas de
hemorragia en la parte posterior de los ojos (hemorragia retiniana).
Si la lesión cerebral es significativa probablemente se indique
una TC (tomografía computadorizada) de la cabeza. Si se sospecha
una fractura craneal sin lesión cerebral, pueden realizarse radiografías
del cráneo.
Tratamiento
Los niños con lesiones leves en la cabeza
son, por lo genral, enviados a casa, y se indica a los padres que controlen
la aparición de vómitos, su persistencia o un incremento
de la somnolencia. Si el niño vuelve a casa durante la noche,
no es necesario mantenerlo constantemente despierto, los padres sólo
necesitan despertarlo periódicamente (según las instrucciones
del médico, por ejemplo cada 2 o 4 horas) para asegurarse de
que puede despertarse con facilidad. Si el niño está somnoliento,
estuvo inconsciente incluso durante un breve período de tiempo,
presenta cualquier anomalía de la sensibilidad (entumecimiento)
o de la fuerza muscular, o si tiene alto riesgo de empeorar, debe ser
controlado en el hospital. Los niños que sufren fractura de cráneo
sin evidencia de lesión cerebral no requieren ser hospitalizados
sistemáticamente. Por el contrario, los lactantes con una fractura
de cráneo, sobre todo en caso de hundimiento, son casi siempre
hospitalizados para un control; en ocasiones, puede requerirse cirugía
para levantar los fragmentos de hueso y evitar una mayor lesión
cerebral. Cuando hay indicios de abusos, también deben ser hospitalizados.
En el hospital, los niños son sometidos a
controles estrictos en busca de cambios en el nivel de consciencia,
en la respiración, en la frecuencia cardíaca y en la presión
arterial. Los médicos también realizan pruebas para detectar
algún incremento de presión intracraneal, frecuentemente
mediante el control de las pupilas, la búsqueda de cambios en
la sensibilidad o la fuerza y de ataques convulsivos. Puede realizarse
o repetirse la TC de cráneo en caso de convulsiones, vómitos
reiterados, incremento de la somnolencia, o cuando se presenta cualquier
tipo de deterioro en el estado general.
Nada
puede reparar un daño cerebral que ya ha ocurrido. Sin embargo,
se puede evitar que éste aumente, asegurándose de que
una cantidad suficiente de sangre oxigenada llegue al cerebro. La presión
dentro del mismo se mantiene normal, en la medida de lo posible, tratando
de manera inmediata cualquier hinchazón del cerebro y reduciendo
la presión intracraneal.
En caso de un hematoma epidural, debe realizarse
una cirugía de urgencia para eliminar la sangre acumulada y así
evitar que ejerza presión sobre el cerebro y cause mayor daño.
La mayoría de los niños que presentan un hematoma epidural
simple se recupera completamente, si se administra un tratamiento apropiado.
Un hematoma subdural también puede requerir
la extirpación quirúrgica. La hinchazón cerebral
habitualmente se evalúa controlando la presión intracraneal,
que mide la presión en el cerebro. También puede introducirse
un drenaje en uno de los ventrículos para dejar salir el líquido
cefalorraquídeo y así aliviar la presión. La cabecera
de la cama se levanta para reducir la presión dentro del cerebro,
y pueden administrarse diversos medicamentos, como manitol o furosemida
con la misma finalidad.
Las convulsiones se tratan generalmente con fenitoína.
A los niños que presentan convulsiones después de una
lesión de la cabeza puede realizárseles un electroencefalograma
(EEG), para contribuir al diagnóstico y al tratamiento.
Pronóstico
La cantidad de función cerebral que se recupera
depende de la gravedad de la lesión, de la edad del niño,
del tiempo que estuvo inconsciente y de la zona del cerebro que sufrió
el mayor daño. De los 5 millones de niños que sufren anualmente
una lesión cerebral, 4 000 mueren y 15 000 requieren hospitalización
prolongada. De los que presentan lesiones graves y permanecen inconscientes
durante más de 24 horas, el 50 por ciento tiene complicaciones
a largo plazo, incluyendo problemas físicos, intelectuales y
emocionales significativos; del 2 al 5 por ciento resultan gravemente
incapacitados. Los niños pequeños, sobre todo los bebés,
que hayan padecido una lesión grave en la cabeza tienen más
probabilidades de morir que los niños mayores.
Los que sobreviven, a menudo requieren un período
prolongado de rehabilitación, principalmente en las esferas del
desarrollo intelectual y emocional. Los problemas más frecuentes
durante la recuperación pueden ser la pérdida de la memoria
desde el momento anterior a la lesión (amnesia retrógrada),
los cambios de conducta, la inestabilidad emocional, las alteraciones
del sueño y la disminución de la capacidad intelectual.